Raíces gigantes en el templo Ta Prohm

“Camboya no debería ser una escala de dos días entre dos países.”

Una puerta de piedra queda atrapada bajo un árbol gigantesco. Las raíces bajan por los muros, se meten entre las esculturas y cubren la entrada como si llevaran siglos intentando recuperar el templo para la selva.

Es Ta Prohm, uno de los templos de Angkor, cerca de Siem Reap. A diferencia de otros templos del conjunto, aquí se ha conservado parte de esa convivencia entre ruina, piedra y vegetación que lo hace tan reconocible.

Angkor tiene un poder magnético difícil de discutir. Es una de las grandes visitas del Sudeste Asiático y, para muchos viajeros, la razón principal para entrar en Camboya.

¿Puede un templo representar todo un país?

El problema de tener algo tan potente como Angkor es que acaba pesando demasiado. Muchos viajes convierten Camboya en una parada rápida: dos noches en Siem Reap, los templos al amanecer y después Tailandia, Vietnam o Malasia.

Se entiende. Angkor combina bien con cualquier ruta y Ta Prohm es difícil de olvidar. Pero Camboya no termina cuando se acaba el pase del parque arqueológico. Tiene Phnom Penh, el Tonlé Sap, paisajes rurales y playas como las de Koh Rong, con kilómetros de arena clara y agua turquesa.

Cuando un país queda resumido en una atracción, ganamos una foto y perdemos el resto de la historia.

Lo digo con poca autoridad

No voy a hacerme el purista. Mi primer viaje a Camboya fue precisamente así: una parada para combinar Angkor con Tailandia. Dos días, mucha emoción, muchas piedras y la sensación de haber visto algo inmenso.

Visitar Angkor merece la pena, por supuesto. Ta Prohm justifica por sí solo muchas horas de calor y caminatas.