Vista aérea de Big Lagoon, El Nido

“Si acabas con la gallina, ya no habrá huevos.”

Desde arriba, Big Lagoon parece dibujada con tinta azul y turquesa. Las islas de piedra caliza cierran la laguna, el agua cambia de color en pocos metros y las barcas se acumulan en la entrada como si estuvieran esperando turno para entrar en una piscina que la naturaleza tardó bastante más en construir.

Está en El Nido, al norte de Filipinas, dentro de un área marina protegida. La belleza explica su popularidad. También explica el problema: muchos barcos, muchas anclas y muchas personas en un espacio que no puede crecer para recibirlas.

Las autoridades han limitado los accesos y la presencia de embarcaciones para reducir la presión sobre el fondo marino. En las zonas poco profundas, las barcas no pueden avanzar y el último tramo se hace en kayak. No es una incomodidad inventada para el turista. Es la manera de evitar que el lugar se rompa por aquello mismo que ha venido a buscarse.

¿Proteger el paisaje puede dejar fuera a quienes viven de él?

El límite nunca cae en el vacío. Cada restricción afecta a barqueros, guías, pequeñas agencias, restaurantes y familias que dependen de que la gente quiera llegar hasta aquí. Proteger Big Lagoon puede parecer sencillo desde una foto aérea. Mucho menos desde quien necesita que una barca salga cada mañana.

Pero dejarlo todo abierto tampoco es neutral. Un ancla sobre un fondo vulnerable, un exceso de embarcaciones o una laguna saturada terminan degradando el lugar. Y si desaparece lo que hace especial a Big Lagoon, también desaparece el trabajo que genera.

Ir, sí. Acabar con ello, no.

Nosotros no vamos a decir que no se viaje a El Nido. Sería bastante hipócrita. Big Lagoon merece verse: esta foto tiene algo hipnótico, incluso antes de saber qué hay bajo esa superficie limpia.

Lo sensato es aceptar las reglas y entender que no todo vale por conseguir la mejor imagen.

La ecuación no es turismo contra naturaleza. Es turismo con un comportamiento cívico y con el menor impacto posible.