Retrato de un sadhu en Katmandú

“Renunciar a todo puede ser admirable. Pero alguien tiene que encontrar la comida.”

El hombre de la fotografía nos mira bajo un turbante claro, con la frente marcada y un chal sobre los hombros es un sadhu, un asceta hindú.

Ha dejado atrás buena parte de la vida convencional para dedicarse a una búsqueda espiritual. Algunos viven junto a templos; otros viajan y reciben alimento o dinero de quienes creen que dar a un asceta también es una forma de devoción.

En Nepal, esta presencia no es una rareza turística. La espiritualidad y la vida diaria se mezclan en la calle, en los santuarios y en los mercados. Pero esa convivencia abre una pregunta difícil.

¿Quién sostiene a quien decide no tener nada?

La renuncia no elimina el hambre ni la sed. Un sadhu puede no trabajar como nosotros entendemos el trabajo, pero alguien cultiva, cocina, compra y ofrece aquello que necesita para vivir.

Dar limosna tiene un sentido religioso para muchas personas. No es solo caridad. Pero desde fuera cuesta no preguntarse dónde termina la generosidad y dónde empieza la dependencia.

Lo que no logramos resolver

A mí los sadhus me parecen profundamente espirituales o unos jetas de mucho cuidado. Me impresiona que alguien se desprenda de casi todo en un mundo obsesionado con tener más. Pero no consigo ignorar que, si nadie hiciera nada y todos esperaran recibir, no duraríamos mucho.

El hambre nos obligaría a movernos. Buscar agua. Recoger fruta. Hacer algo.

Quizá por eso esta mirada incomoda. No sabemos si estamos ante una renuncia admirable o ante una forma de vivir del esfuerzo ajeno. Tal vez las dos cosas puedan existir a la vez.