Mercado flotante de Damnoen Saduak desde el aire, Tailandia

«Cuando un mercado deja de servir a sus vecinos y empieza a posar para el visitante.»

Desde arriba, el mercado flotante de Damnoen Saduak parece una coreografía.

Barcas estrechas, toldos de colores y un canal que reúne movimiento en un espacio mínimo.

Está en la provincia de Ratchaburi, al oeste de Bangkok, en una región donde los canales fueron durante mucho tiempo una vía cotidiana de transporte e intercambio.

La imagen tiene todo lo que uno espera encontrar en Tailandia antes de llegar: fruta apilada, vendedores sobre el agua, ruido, color.

¿Cuándo un mercado empieza a trabajar para la cámara?

Damnoen Saduak es uno de esos lugares que han terminado explicando un país a través de una sola imagen.

Es comprensible: pocas escenas concentran tan bien la idea de un mercado flotante. Pero ahí aparece la sospecha.

Cuando el visitante es el principal cliente, el puesto puede empezar a parecer un decorado y el vendedor, alguien que interpreta un papel para que la fotografía salga como habíamos imaginado.

«No es un problema exclusivo de este mercado.»

La Boqueria, en Barcelona, conoce bien esa tensión entre abastecer una ciudad y recibir una multitud que viene a mirar.

El Mercado de San Miguel, en Madrid, representa quizá el extremo: ya no funciona tanto como mercado de barrio, sino como un lugar donde el propio mercado se ha convertido en producto.

No significa que Damnoen Saduak sea falso, ni que haya que despreciar lo que atrae a tanta gente.

Significa que los lugares cambian cuando el viaje entra en la ecuación, y que esa transformación también forma parte de lo que estamos viendo.

Viajar también consiste en perder algunas certezas

Yo iría una y otra vez a este mercado o a cualquier otro mercado flotante de Tailandia. Merece la pena visitar estos sitios, incluso sabiendo que lo que ves tiene un parte artificial.

Viajamos con una imagen idealizada de un destino y, a base de experiencias, vamos descubriendo sus matices.

A veces la postal se mantiene. A veces, no.

Por ello se viaja.

Para ver de cerca el decorado, vivirlo, y tal vez ver lo que hay detrás.


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