
¡Cuando estás de viaje, sal de tu maldito sofá!
Es de noche cerrada.
Una farola ilumina un asfalto con la línea amarilla medio borrada, hay un puesto cerrado a la izquierda y vegetación tropical a ambos lados.
Llevamos dorsal, y sudamos como si fuera mediodía. Son las 5 de la mañana, hace 30 grados y 90% de humedad. El de la camiseta turquesa soy yo, en la Laguna Phuket Marathon de 2025, en Tailandia.
Se sale tan temprano para esquivar el sol. El recorrido se aleja de las playas que todo el mundo conoce y se mete por pueblos pequeños, plantaciones de caucho y de piña, antes de volver por la costa de Nai Yang y Layan.
Es una maratón pequeña, y la mayoría de quienes la corren son de allí. A esas horas, el público son vecinos que abren la puerta de casa para ver pasar a esa gente rara que ha pagado por sufrir.
Un viaje que se mira
Viajar es moverse, pero muchas veces se convierte en algo muy contemplativo. Abres los ojos, los oídos, la nariz. Ves, escuchas, hueles. Y muy pocas veces actúas.
Pasas por delante de la vida de un lugar como quien mira un escaparate.
En 2025 hicimos un viaje de prospección por Asia: Singapur, Krabi, Siem Reap para pasar unos días en Angkor y Kuala Lumpur para el vuelo de vuelta.
Phuket no estaba en el plan. Yo quería correr una maratón en Asia, rebusqué en calendarios y la de Laguna encajaba por fechas. Recortamos días en Krabi y la añadimos.
Fue una experiencia fantástica.
El entorno ya no basta
El turismo siempre ha vendido un entorno para colocar prestaciones: alojamiento, restauración, traslados.
En los noventa y los dos mil, de la mano de internet, explotó el turismo rural, y con él la pregunta:
¿cómo me diferencio como destino turístico?
Y es que una montaña preciosa, una puesta de sol de postal o un castillo rehabilitado del siglo XVII te dejan empatado con cientos de destinos.
La diferenciación se centró entonces en proponer algo que hacer: cultura (conciertos, fiestas), deporte (asfalto, trail, senderismo), gastronomía (rutas de producto, enoturismo) o espiritualidad (yoga, retiros).
El viajero viene por el entorno y para hacer algo.
Vale para un fin de semana en España y vale para la otra punta del mundo.
Condimentar el viaje
Hay viajeros cuyo motivo es la actividad: la maratón de Nueva York, bucear en el mar Rojo, ver a Metallica en Japón. A esos no les hables de otra cosa.
Pero hay otros que condimentan su viaje con su afición, y ese condimento cambia el sabor de todo.
Dejas de ser espectador y pasas a formar parte.
El chico de la camiseta rosa que corre a mi lado vive en un mundo muy distinto al mío. Y, sin embargo, cada domingo se levanta temprano para hacer su tirada larga, igual que yo.
Ahí se tiende un puente que ninguna visita guiada construye.
Mi recomendación: busca el ocio que te gusta hacer en tu rutina semanal y intenta seguir haciéndolo durante tu viaje. Hacer scoll en Instagram no vale. 🙂
