Singapur, Doha y Estambul: tres aeropuertos camino de Asia, ¿genio humano o delirio de cristal?

Aeropuertos XXL: no sé si maravillarme o sentarme a llorar.

Arriba, una cúpula de vidrio y acero se hunde como un embudo gigante.

Por su boca cae un chorro de agua que se tiñe de ámbar al llegar al estanque, cuarenta metros más abajo.

Entre los árboles se encienden luces azules y verdes, un viaducto atraviesa la escena.

Al pie de la cascada, unas figuras diminutas dan la escala. Son pasajeros. Esto es un aeropuerto. Bienvenido a la gran locura del aeropuerto de Singapur.

Selvas bajo cristal y un museo entre tiendas

La cascada se llama Rain Vortex y está en Jewel, el complejo que Singapur abrió en 2019 junto a las terminales de Changi.

Lo firma Moshe Safdie, el arquitecto del Marina Bay Sands: más de 9.000 paneles de cristal, agua de lluvia que se recicla en circuito cerrado y, alrededor, unos 3.000 árboles y 60.000 arbustos repartidos en cinco niveles.

El viaducto de la foto es el del Skytrain, el tren que une las terminales y cruza el bosque a media altura.

En Doha, el aeropuerto Hamad inauguró a finales de 2022 el ORCHARD, un jardín tropical de unos 6.000 metros cuadrados con más de 300 árboles y 25.000 plantas bajo una bóveda de cristal y acero. Fuera, el verano pasa con facilidad de los 45 grados.

Estambul juega en otra liga de tamaño: una terminal de 1,44 millones de metros cuadrados, abierta en 2018 en la orilla europea y una torre de control con forma de tulipán, la flor emblema de los otomanos. Pocos saben que en la zona de tránsito hay un museo con más de 300 piezas prestadas por 29 museos de Turquía.

¿Maravilla del ingenio o un sinsentido más?

Estos edificios me plantean una duda que no consigo resolver. En una economía que no se ha descarbonizado, en un planeta finito, asistimos a una carrera hacia el gigantismo y lo artificial.

No sé si tengo delante una maravilla del genio humano o, una vez más, el viejo error de creer que los recursos son infinitos.

Y, sin embargo, me impactan. Se comulgue o no con la filosofía, estos tres me han impactado de lleno.

En Estambul recuerdo las tiendas. Miles. La sensación de caminar por unos Campos Elíseos con paneles de embarque.

En Doha estuve de noche. Una selva de verdad dentro de un edificio ultramoderno, con paredes de vidrio y vigas de acero más altas que los árboles. La jungla es enorme, pero el hombre que levantó eso lo es todavía más.

En pleno desierto, el ser humano se ha puesto en el papel de dios y ha dado vida a un ecosistema.

Singapur merece un buen parón. Mi consejo para la vuelta: a las dos o tres horas de antelación habituales, suma dos más. Viajarás tranquilo y tendrás tiempo para sentarte frente a esa cascada gigante, desmesurada, sin mirar el reloj.

Un detalle práctico: Jewel está antes de los controles, así que se visita antes de pasar inmigración.

El choque térmico al volver

¿No te convence el turismo de aeropuertos?

Vale. Pero pasa por uno de estos aeropuertos y aterriza después en uno europeo o, peor aún, en uno de Estados Unidos. Notarás el choque. El Golfo y buena parte de Asia han dado un salto de calidad enorme.

Ahora bien, es cierto tambien que París, Londres, Nueva York o Roma no necesitan un aeropuerto para resultar atractivas. Quien no tiene un Louvre a veinte minutos se construye una cascada en la terminal.

Aquí lo dejo. ¿Y tú, al salir de uno de estos aeropuertos, pensaste en el genio humano o en la factura eléctrica? ¿Otros aeropuerto te han impactado?